Mesa para uno
por Hugo Muralles

 

Ir al cine en Guatemala

O de cómo no matar señoras para alcanzar la rápida iluminación.

No voy a despotricar aquí en contra de las señoras que contestan su teléfono para tener una conversación en medio de las funciones de cine. No. Tampoco voy a desearle mal a la gente que patea los asientos, constante y sistemáticamente, durante una proyección.  Ni voy a maldecir a las parejas simplonas que comentan todo y ríen por todo.

Pero es que se debe callar para conmoverse, maldita sea.
Permítan a ustedes mismos conmoverse ¡hijos de puta!

Y bueno, ya en el centro y con el corazón blando: Son pruebas que la vida nos ofrece y en esos días, todos en la sala daremos por superada una visicitud más que se nos ha puesto en nuestros caminos.

Para mí ver películas es algo sagrado, es mi templo. Una o dos veces, apenas, he podido compartirlo con algo de placer. Y verán ustedes, siempre lo dudo.

El mejor público está en el festival de cine francés. Y esto es, en parte, a que las salas no se llenan.

El mejor público consiste de abuelitos, niños ricos y freelancers. Yo soy esto último, también un poco de lo primero y Dios me libre de los del medio.

Todos estos perfiles tenemos algo en común y es la comunión cinematográfica. Entramos todos: los abuelitos, los niños ricos y los freelancers, ceremoniosos, solemnes, ya meditativos, listos para transportarnos, a media tarde -ya este es el mejor indicador para una audiencia que se hace respetar- ¡como reyes! a media tarde de un sagrado día laboral, a la sala de cine.

Los freelancers y los abuelitos, entendemos por igual que son estas películas -las del cine francés- que nos van a requerir siempre y en todo momento. Por tanto, vamos a degustar una bebida mínima, siempre saludable. Un chocolate blanco si nos sentimos extravagantes ese día; si queremos exaltar el espíritu.

Los niños ricos vienen a menos. Ya no los hacen como antes. No guardarán silencio los niños ricos, comerán frituras en la sala de cine; como salvajes comen cosas que hacen ruidos y, hablarán de otros niños ricos.

Solo el abuelito, el niño rico o el freelance tendrán la diligencia para asistir a todas las funciones de un festival de cine francés, todo entregarán para vivir la utopía y recibir así, su máxima recompensa: Una sala vacía, solo para ellos y el silencio.