Lonely Russian Girls Looking for Love


Ansioso subo al taxi, voy tarde.  Debo cruzar la ciudad, me espera una reunión importante, pero ¿qué es lo importante? pienso mientras invoco el vértigo galáctico para ponerle perspectiva a la cosa; funciona, siempre funciona.  Respiro.

Mi taxista, como serlo en la Ciudad de Guatemala lo requiere: muy alerta y despavilado, inicia el recorrido en silencio.  Como todo buen taxista diligente.

A medio camino, ya en la pausa que la Roosevelt impone en nuestras vidas, el taxista pregunta si conozco a un buen contador.  Pronto estará recibiendo una cantidad importante de dinero desde el extranjero y necesita estar asesorado, estar bien informado.

– Llevo varios días coordinando la transacción, estoy ayudando a una muchacha en Rusia.  Necesita salir de su país, ella viene en un par de meses.  Pero necesita enviar el dinero antes… -me dice.

– ¿Es su familia, algún amigo?.  -Decido involucrarme, escéptico.  Shute.

El taxista devuelve un sí cantadito y explica:  Es una amiga… hemos hablado por el Face… ella me encontró, me contó su vida y quiere ayuda para salir de su país, por política, parece grave usté’.  Yo, que medio entiendo inglés la quiero ayudar, va’a.

En este punto estaba yo conmovido por la sensibilidad que mi taxista demostraba al necesitado o por lo inocente, o por lo pendejo, o por lo entretenido que demandaba estar ante el vacío existir.  También estoy  justamente confundido, justamente temeroso de la psique del hombre al volante, como estarlo en la Ciudad de Guatemala lo requiere.

Cuando en la conversación yo empiezo a introducir el concepto del spam, qué es y cómo funciona, de cómo en Internet está lo mejor y lo peor de la humanidad, de cómo Facebook está lleno de princesas y empresarios que demandan nuestra ayuda para recibir sus dineros… siento la mirada, ya molesta, en el retrovisor.

Con qué derecho derrumbo yo sus rusas amistades.
Con qué derecho derrumbo yo su rusos proyectos.

Entonces le confirmé: sí, conocía yo a un buen contador, excelente, de hecho.  Es más, le dije, aquí tengo su tarjeta.  Procedí a sacar de una invisible billetera, una invisible tarjeta de presentación.

La extendí y él la tomó.

Feliz, la contempló y procedió a hacer como que la guardaba en la bolsa de su camisa.  En esas que solo los señores grandes utilizan, en esas que están del lado del corazón.

– Gracias, me dijo.  Vamos a seguir adelante, vamos a ver en qué podemos ayudar a la muchacha.
– Bueno. -contesté.  Ya como quien hiperventila.

Llegamos entonces a mi destino, mi salida de la unidad ha sido más apurada de lo normal.

No pierdo la oportunidad para desear éxito en su empresa.
No pierdo la oportunidad para pensar en Rusia.
No pierdo la oportunidad para pensar en las chicas rusas, solitarias, que buscan el amor.