La niña Z.

I

A cierta edad se tiene el mínimo valor requerido para sacar a bailar sino a la más bonita de las niñas, a la más creativa.

La niña Z. me hacía reír todos los días, constantemente, tanto que llegué a considerar como un grave error sentarme a su lado todos los días.  Mi productividad se veía seriamente afectada; yo tenía una reputación que mantener, sí señor.

Z. era misteriosa. Desaparecía a la hora del recreo. Todos los recuerdos que tengo de ella son haciéndome reir en horario de clase, intentando retomar el hilo de la cátedra debido a la última de sus ocurrencias.  Recuerdo buscarla por todo el colegio a la hora del receso, preguntar por ella incluso… y nada.  Se esfumaba.

Pero el día de la fiesta más importante del año se acercaba.  Mi asistencia a tan gloriosa actividad, desde luego, debió ser provocada por la de ella (aún sin tener esa confirmación porque… claro ¡no podía preguntarle! ¡que iba a pensar de mí!)  Un carajo sabía por aquellos días lo que era bailar (como sucede hasta el presente) y por lo tanto, no había pensado en nada más para decir o hacer.  (Maldita sea ¡¿por cuánto tiempo se baila?!)

Representación

Horas pensando cómo persuadir a la niña más divertida que había conocido jamás para que aceptara mi humilde, entusiasta y por demás inocente invitación a bailar. Pero ¿por qué querria mover su cuerpo al compás del mío? ¿le gustaba tan siquiera hacer eso?

En este tipo de fiestas, nadie hacía uso de la pista de baile sino hasta la quinta o décima melodía.  No sabría señalar la razón exacta; era un fenómeno social interesante, cuando menos.  El ritual consistìa en rodear el salón de baile (las mujeres en un extremo y los hombres en otro) dejar transcurrir el tiempo hasta que la degeneración y el calor humano reclamara todas las almas presentes; el arrepentimiento generalizado se apoderaba de los involucrados bañados en sudor ahora que, digamos, habían entrado en confianza y se movían deshinibidamente (algunos mejor que otros) por haber dejado pasar cinco canciones.

Cualquiera podría anticipar o sugerir el mejor momento para invitar a bailar a Z.: el de la euforia colectiva y justo en medio del conglomerado.  Pero había más ansiedad que temor y decidí hacerlo cuando apenas iniciaba la música.

Z. se limitaba a observar a las pocas parejas que empezaban a moverse tímidamente a pocos metros.  No tenía la mínima intención de formar parte o al menos esa era la pinta que tenía.  Pero los dos estábamos ahí y debía salir de dudas de una vez y por todas.

No.

Fue lo que contestó moviendo la cabeza mientras escondía su rostro lleno de pecas sonriendo como diciendo: sí pero no o, no sé bailar o, no me gusta esa canción pero a ver la siguiente o, me falta la pierna izquierda.